
Las audiencias caen; la notoriedad ya no tiene tanto que ver con las ventas; acciones pequeñas consiguen grandes resultados. ¿Qué está pasando? La experiencia, el valor de marca… Quizá haya una segunda lectura, un poco osada, pero que puede tener algo de verdad y es que “se nos ha ido de las manos”. Parecía que todo valía, que con un buen plan de medios todo estaba solucionado, que las fotos de nuestras gráficas tenían que ser dignas de un museo de arte contemporáneo, que si no grabábamos en Tailandia, el spot no iba a funcionar y, sin quererlo, íbamos dejando atrás lo que realmente da valor a nuestra profesión: las ideas. Quizá hemos tenido que esperar a esta manida crisis para que nos demos cuenta de que esta nueva generación que tiene el poder adquisitivo empieza a estar harta de bloques de 10 minutos de publicidad, ha sido educada en la publicidad y no le vale únicamente una foto espectacular. Es selectiva y nos pide más. Quiere que trabajemos, nos estrujemos el coco y no lo arreglemos todo a golpe de chequera.
Y parece que todos tenemos miedo de que la austeridad que vivimos se quede para siempre. Desde luego, hay gente que piensa que las cosas son gratis o que con un “viral” todo se arregla, y no seré yo quien los defienda pero –una de arena- también es cierto que nos hemos afincado en unos mínimos muchas veces exagerados, obsesionado por unos factores sin pararnos a pensar cómo podríamos obtener el mismo resultado con menos… y al final, el cliente lo aprecia. Porque lo que realmente tenemos que cobrar son nuestras ideas y nuestro buen hacer y, sobre todo, nuestra capacidad para hacer que gane dinero. Y esta frivolidad es la gran verdad de nuestra profesión.
Me veo en la obligación de aclarar que no estoy defendiendo en absoluto la usura. Todo tiene su valor, hay que pagarlo y hay que hacerlo bien pero también nosotros debemos apoyarnos en nuestra creatividad para que, cuando no es necesario, evitemos costes innecesarios. Sí, lo voy a repetir: cuando no es necesario.
Publicado en El Periódico de la Publicidad



2 dosceradas:
Genial pero...
¿Cómo le pones precio a las ideas?
¿Por el "beneficio" que aportas al cliente?
¿Por el tiempo que te llevó pensarla?
¿Por el tiempo que te llevó desarrollarla?
¿Un porcentaje extra sobre lo que te costó desarrollarla?
¿Por tus éxitos/premios anteriores?
¿Por tus años de experiencia?
¿Por tus capacidades resolutivas?
¿Completamente al azar?
¿Ninguna de las anteriores, todas, algunas???
Por más carreras o cursos que hagamos nadie nos enseña a ponerle precio a nuestra labor y eso la convierte en una profesión de chiste. Porque todo el mundo se hace una idea de lo que cuesta sacarse una muela en el dentista, un contrato del gestor o unas vacaciones en Gandía, pero ni nosotros mismos sabemos qué cobrar por lo que nos piden la mayoría de las veces, sobre todo cuando lo más relevante es la idea y no el desarrollo de la misma.
Personalmente creo que ha de ser una media entre tiempo estimado, beneficio que generas al cliente y tu valor propio como empresa/profesional, es decir, la diferenciación respecgto a tus competidores, el hecho de la seguridad, confianza y talento que ofreces.
Aun así, de lo que hablo aquí es de una sobredimensión de la profesión que genera unos precios muchas veces exageradísimos que recaen en un 95% en unos pocos sueldos que descapitalizan las empresas y en unas infraestructturas exageradas para el trabajo que se realiza. En ningún momento defiendo cobrar poco, creo que el talento ha de pagarse y bien, pero dentro de un sentido común.
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