
Hace tiempo, recibí el encargo de escribir un artículo para una revista sobre eventos que versara, evidentemente, sobre la creatividad en los eventos. Yo, que soy una persona que gusta de cumplir sus compromisos, escribí el siguiente artículo, creyendo inocente de mí que había hecho un correcto ejercicio de reflexión...
Tal y como el título sugiere, quizá sea el exceso de soberbia el mayor peligro a la hora de abordar la creación de un evento o similar, ya sea dentro de un marco relacional, interno o de relaciones públicas. Una soberbia casi inevitable que a todos nos ataca cuando realizamos una acción para nuestra empresa o producto. Inevitablemente, nos encontramos tan absorbidos por todas las vicisitudes que rodean a nuestra “criatura” que, como los padres con sufijo recién nacido, pensamos que es lo más interesante del mercado y que, únicamente, con un buen catering o escogiendo el mejor hotel es suficiente para atraer la atención de nuestro público y termine satisfecho. Sin embargo, nunca debemos olvidar que junto a nuestro producto, marca, incentivo... compiten miles de ofertas conjuntamente, ya sea directa o indirectamente –una sencilla tarde lluviosa puede declinar la decisión hacia una película en casa-.
Para evitar que este exceso de soberbia arruine nuestra acción, siempre contamos con remedio, no infalible, pero sí muy eficaz: la creatividad. Gracias a ella, podemos hacer que nuestro evento destaque de los demás, ofrezca algo diferente, divertido, elegante, caro, curioso… Con creatividad podemos añadir los valores que necesitamos para que todo nuestro esfuerzo presupuestario y laboral sea percibido por el público al que nos dirigimos.
Ahora bien, cómo podemos aplicar la creatividad a la hora de abordar un evento. Desde luego, no existe una única solución, como en cualquier trabajo creativo, pero sí podemos marcar algunas pautas, como por ejemplo dónde aplicarla de modo más eficaz.
Un evento comienza mucho antes de su ejecución. Un evento comienza cuando se decide realizar dicho evento y, para nuestro público, un evento comienza cuando recibe la primera noticia de su existencia. Y ahí es, como mínimo, cuando el trabajo creativo debería hacer su primera aparición, reseñando que este evento es especial, es diferente. En el caso de que nuestro evento vaya dirigido a un público concreto, con nombres y apellidos, es la convocatoria quizá el primer factor clave. Podemos optar por una mera invitación o podemos hacer de esa invitación toda una pieza de comunicación; es la gran oportunidad para causar curiosidad y deseo, para seducir. Como en todo trabajo comunicativo, es el público y el producto (y el presupuesto, inevitablemente) los que van a dirigir el aspecto creativo de nuestra convocatoria. Así, en unos casos, optar por el humor puede ser un factor de simpatía que convierta a nuestro evento en algo realmente apetecible, sobre todo en nuestro país, como recientes estudios demuestran. La elegancia, el diseño, el formato, lo inesperado son algunas de las múltiples herramientas que podemos utilizar dentro de nuestro trabajo comunicativo.
Una vez hemos conseguido que nuestro público asista o se apunte a nuestro evento es, durante su desarrollo, el otro gran momento para aplicar “Creativina”. Y quizá sea ahora cuando la soberbia que comentábamos al inicio del artículo se convierta en más peligrosa que nunca. No debemos olvidar cuál es nuestro objetivo a la hora de convocar un evento, pero tampoco debemos dejarnos absorber por él. Así, un evento, sea de la índole que sea, ha de ser inexorablemente ameno cuanto menos. Pensar que nuestro producto o marca cuenta con un interés máximo puede hacernos caer en el craso error de tediosas presentaciones, exceso de corporativismo o simplemente hacernos olvidar que un público que sale satisfecho, alegre y contento de un evento, es un público ganado y un evento exitoso. Ya habrá tiempo para recordarles que NOSOTROS le invitamos y le hicimos pasar un momento fantástico.
Finalmente, a la hora de decidir, un buen recuerdo es un factor clave. Hay que tener presente que lo que hacemos, lo hacemos para nuestro público y que hay una cosa fantástica que se llama dossier y que podemos enviar, entregar en persona y que nos permite contar lo que queremos contar justo en el momento en que el oyente lo considera oportuno.
Don Fausto el Soberbio.
“Otro banquete en honor de los cruzados” –no paraba de repetir Don Sancho- “además, la hija del recaudador Lucián se desposa, como si no fuera sabido en el reino que ya andaba casada desde hace años”. Y es que a Don Sancho se le acumulaban los eventos. También es cierto que poco más debía hacer un noble en aquella tediosa etapa de paz que Hisponia vivía en esos años. Sancho era un hombre de armas, de carácter fuerte, curtido por las cruentas batallas en las que había participado defendiendo sus tierras frente a los melunios, quienes osaban reclamar el territorio como una de sus provincias. Pero ellos les hicieron frente y obligaron a retroceder. A su vuelta, todo eran vítores, aclamación popular y celebraciones. Al fin y al cabo, no sólo había sido una victoria de aquellos que derramaron su sangre en el campo de batalla, toda Hisponia tenía algo que festejar, todos habían hecho retroceder a Melunia.
Fueron días intensos: una fiesta el lunes; el miércoles, un viaje por los caminos de Retonia... Cada jornada era buena para comer, beber, cantar y, cómo no, para relatar las hazañas y peripecias del combate. Y esto último era la especialidad de Don Sancho. Se hinchaba como una sandía, se sentaba en el centro de un grupo de campesinos y jóvenes y comenzaba una de sus historias. Conforme las contaba, más grandes eran sus épicas y menores las de sus enemigos. Así, poco a poco, Don Sancho fue creyéndose la última versión de sus cuentos, haciéndole cada vez más parecido a una sandía y siendo conocido como El Soberbio, pues ya pocos eran los que no apreciaban cómo estas habían ido transformándose en fábulas casi increíbles.
Los festejos comenzaron a disminuir hasta que desaparecieron. Ahora, poco había que hacer, así que, como en un intento de recuperar aquella sensación, la nobleza -únicamente preocupada por la recaudación de impuestos- celebraba un evento tras otro. Aunque, desde luego, no era lo mismo. “¡Ya no se sabe hacer un buen festejo!” repetía incansablemente Don Sancho por las frías estancias de su castillo.
Había pasado lentamente un semestre desde la victoria cuando el hijo mayor de Don Sancho, un apuesto joven, convino matrimonio con una doncella de Dorminán. “¡Será la mayor fiesta de todas!¡El mejor vino, la mejor música, los jóvenes más apuestos, las mujeres más bellas!¡Este banquete se recordará durante lustros, será como aquellas fiestas de la victoria!”. Y, efectivamente, casi como si el desposado fuera él, invirtió gran fortuna y esfuerzo en la celebración de la boda de su hijo.
Y llegó el gran día. Gentes de todas las provincias cercanas e incluso alguno de cierto reino remoto llegaban sin cesar al castillo de Don Sancho. Sin embargo, ante su sorpresa, la gente no parecía divertirse. “¿vendrás la semana que viene al nombramiento de Don Luis en Cartoma?”,”qué remedio…”. Don Sancho no se explicaba aquellos comentarios. Finalmente decidió tomar cartas en el asunto y, alzando su copa mientras golpeaba la mesa, mandó silencio y comenzó a contar una de sus hazañas. Pero a la gente ya no le divertían sus historias. Poco a poco, cada uno fue retirándose hasta que Don Sancho, algo embriagado por el vino, se miró en el espejo y se dijo: “No lo entiendo, si es como aquellos festejos en los que todos se divertían… no lo entiendo”.
La Soberbia de Don Sancho no le dejó mirar más allá. Aquellas primeras fiestas eran compartidas por todos; sin embargo, la boda de su hijo era únicamente una alegría familiar. Aquellos festejos fueron grandes, y los primeros; repetirlos ya no sorprendía a nadie. Don Sancho se recostó en su camastro y pensó, “una buena guerra os daba yo a todos”.
“En este relato no se han sacrificado ni dañado animales. El cordero del banquete era una réplica a base de coles y lechuga realizada por la empresa de efectos especiales Fermín El Mago S.L.”.








